| Resumen Los síntomas
de la Pudrición Común de la Flecha (PCF) se asociaron consistentemente a
los de Arqueo Foliar, tanto en vivero como durante la fase de campo.
Varios factores ambientales parecen determinar la incidencia. En
particular, algunas prácticas agronómicas que favorecían un crecimiento
inicial vigoroso predisponían a las plantas al ataque de la enfermedad.
La incidencia de la PCF fue baja en el vivero, y la mayoría de las
plantas que presentaron síntomas en esta fase aparecieron enfermas
nuevamente en el campo. Sin embargo, las plantas que no se enfermaron de
nuevo en el campo, presentaron algunas variables de crecimiento (largo
del peciolo y raquis, sección transversal del peciolo, tasa de emisión
foliar) y una producción inicial superior al de plantas testigo (sanas
en el vivero y el campo). Una alta precocidad en el primer grupo de
plantas (enfermas en el vivero y sanas en el campo) es probablemente la
causa de una reducción fuerte en el rendimiento posterior, lo que
resulta en un rendimiento acumulado (primeros 38 meses) inferior al de
las plantas testigo sanas.
Las plantas con síntomas en el vivero y el campo presentaron
inicialmente también, algunas variables de crecimiento superiores a
las de las plantas testigo; pero después de algunos meses de haberse
presentado los síntomas, el crecimiento fue afectado adversamente.
La reducción en el rendimiento acumulado durante los primeros 38
meses después del trasplante, entre este grupo de palmas y el grupo
testigo, fue de aproximadamente 4.5 t/ha. Sin embargo, el impacto de
estos desórdenes en plantaciones comerciales debe ser poco, ya que
la incidencia normalmente es muy baja en esas condiciones.
La selección de genotipos susceptibles durante la fase de vivero
podría tener el inconveniente de descartar algún material vigoroso y
de alto potencial de rendimiento, que presente una alta incidencia
de la enfermedad debido a algún factor de predisposición.
Introducción
La combinación de los síntomas de Pudrición Común de la Flecha
(PCF) y de Arqueo Foliar (AF) es la condición más frecuente de la
palma aceitera durante los dos primeros años después del trasplante
al campo. Los síntomas de estos desórdenes del crecimiento han sido
descritos ampliamente (Kovachich 1957; Bull y Robertson 1959; Duff
1962,1963; Turner 1981; Chinchilla 1987; Monge et al . 1994). La
tendencia en la literatura ha sido tratar la PCF como una condición
diferente a la del Arqueo Foliar. Sin embargo, también existe
evidencia de que ambos trastornos están estrechamente relacionados y
podrían tener una causa común (Turner 1981; Chinchilla 1987; Monge
et al . 1992).
Conforme la edad de la planta aumenta en el campo, la incidencia
normalmente disminuye, pero en algunas progenies susceptibles,
algunas palmas pueden mostrar síntomas aún después de los seis años.
En estos casos, el efecto negativo sobre el crecimiento y la
producción es bastante claro. No obstante, poco se conoce acerca del
efecto del caso más frecuente; plantas que luego de mostrar síntomas
durante un tiempo, se recuperan y adquieren una apariencia normal.
En este trabajo se compararon el crecimiento y los componentes del
rendimiento, en varios grupos de plantas que presentaron síntomas en
diferentes etapas de su desarrollo,incluyendo la fase de vivero.
Materiales y métodos
Los datos para estos análisis fueron obtenidos a partir de
observaciones casuales sobre la incidencia de PCF y AF en parcelas
de un experimento con material avanzado de vivero, cuyo objetivo
original fue estudiar el efecto de varias prácticas agronómicas
sobre el crecimiento de las palmas en el vivero y el campo. En el
experimento se usó material Deli x AVROS, sembrado en bolsas de dos
tamaños (40x53 cm y 51 x 61 cm), a dos espaciamientos (90 y 137 cm)
y dos niveles de fertilización.
Cada parcela consistió de 25 palmas distribuidas en un patrón
triangular con nueve plantas como parcela útil. Cuando las plantas
cumplieron aproximadamente 18 meses, las nueve plantas centrales de
cada parcela fueron trasplantadas al campo (9m triangular).
Durante la etapa de vivero, se presentó en algunas de las parcelas
una incidencia relativamente alta de PCF/AF que fue cuantificada. Un
primer grupo de datos (ensayo A) se obtuvo de las plantas afectadas
que formaban parte de la parcela útil de algunos de los tratamientos
de vivero.
En el momento del trasplante al campo, las palmas con síntomas de
PCF/AF, que constituían bordes de las unidades experimentales en
vivero, fueron sembradas juntas, al lado de otro grupo de plantas
sanas provenientes también de bordes de tratamientos similares al
dado a las plantas afectadas. Este ensayo fue designado como B.
En el campo se realizaron evaluaciones semestrales del crecimiento
(Corley y Breure 1981) y se anotó la producción semanal de cada
palma individual. La incidencia y la severidad de los síntomas de la
pudrición de flecha/arqueo foliar fueron evaluadas en el vivero y
durante la fase de campo.
Para facilitar la interpretación de los resultados, las plantas se
dividieron en cuatro grupos (tratamientos). El primer grupo estuvo
constituido por plantas que presentaron síntomas tanto en el vivero
como en el campo. El segundo grupo fueron plantas con síntomas en el
vivero, pero sanas en el campo. Una tercera categoría fue un grupo
de plantas tomadas al azar de los diferentes tratamientos del
experimento que no presentaron síntomas (grupo testigo). Finalmente,
el cuarto grupo estuvo constituido por palmas sanas en el vivero y
que mostraron síntomas en alguna de las evaluaciones de campo.
Debido a que el número de nuevas plantas enfermas cambió en cada
evaluación y a que se presentó el fenómeno de la recurrencia de
síntomas, la cantidad de plantas por categoría varió en cada fecha.
La separación de medias entre tratamientos se hizo utilizando la
prueba de t de Student o la diferencia mínima significativa (LSD),
siguiendo el procedimiento GLM (SAS Institute 1988).
Resultados y discusión
Fase de Vivero
La PCF/AF no es común durante la etapa de vivero, pero la
combinación de un cruce susceptible, con algunos tratamientos de
vivero, pareció favorecer la aparición de síntomas en estos
experimentos.
Las primeras plantas enfermas fueron detectadas a los siete meses
de edad, y la mayor incidencia ocurrió cuando tuvieron alrededor del
año. Algunos tratamientos de vivero tuvieron un efecto significativo
sobre la incidencia de la enfermedad durante esta fase, y los
efectos se mantuvieron aún después del trasplante al campo (
Cuadro 1 ).
La mayoría de las plantas enfermas se encontraron en aquellos
tratamientos que favorecieron un desarrollo vegetativo más rápido
durante los primeros meses de vivero. La combinación de un
espaciamiento de 90 cm y una bolsa grande (51x61 cm) resultó
particularmente afectada. Estas plantas entraron en competencia por
luz más tempranamente y sufrieron una fuerte etiolación durante las
últimas etapas de este vivero, que se mantuvo por aproximadamente 18
meses. Detalles sobre el crecimiento de estas plantas ya han sido
publicados (Chinchilla et al . 1990). Los efectos negativos de una
mayor competencia por luz (etiolación), o la combinación de este
factor y la alta incidencia de la pudrición de flecha/arqueo foliar
en el vivero y el campo, proba-blemente fueron la causa de un pobre
desempeño de esas plantas en cuanto a crecimiento y producción
inicial.
La presencia de la enfermedad en las plantas de vivero afectó
negativamente todas las variables de crecimiento durante esta etapa
(
Cuadro 2 ). Algunas de las plantas más severamente afectadas
tuvieron que ser descartadas en el momento del trasplante al campo.
No obstante, no estaba claro el efecto de un ataque leve de la
enfermedad en vivero, sobre el crecimiento y rendimiento posterior
de las palmas en el campo. Para aclarar este punto se establecieron
las pruebas A y B.
Fase de campo
Ensayo A: crecimiento
La incidencia y severidad de la PCF/AF se evaluó en el vivero (tres
veces) y en seis oportunidades en el campo. La interpretación de las
relaciones entre el crecimiento, la producción y el ataque de la
enfermedad fue complicado debido a que ataque pudo tener
consecuencias que se manifestaron hasta dos años después, como es el
caso de efectos sobre la diferenciación sexual. Por otro lado, en
cada evaluación de campo aparecieron plantas en que la enfermedad
tenía diferentes períodos de haberse iniciado, y además las plantas
presentaban diferentes grados de severidad. Finalmente, un
porcentaje variable de las plantas presentó un único ataque,
mientras que en otras, una recuperación aparente era seguida por uno
o más ataques posteriores, separados unos de otros por semanas o aun
meses.
Generalmente las medidas de crecimiento se programan para ser
tomadas en forma sistemática (semestralmente, por ejemplo), y
durante una evaluación determinada, la planta enferma puede
simplemente estar mostrando los efectos negativos de la enfermedad y
no el tipo de crecimiento que precedió al desencadenamiento de los
síntomas. Por otro lado, una planta susceptible que haya superado un
ataque leve de la enfermedad podría reiniciar un tipo de
crecimiento, incluso más vigoroso que el de una planta normal sana,
lo que podría o no conducir a un nuevo ataque. Estas situaciones son
las que se reflejan en los datos de crecimiento y producción de
plantas sanas y enfermas.
La primera evaluación de la enfermedad en el campo se realizó
aproximadamente a los seis meses del trasplante. De 30 plantas
encontradas con síntomas,18 (60%) no habían aparecido con síntomas
en el vivero. De estas 18 plantas originales enfermas, sólo tres
aparecieron nuevamente con síntomas en las evaluaciones posteriores,
mientras que, de las 12 plantas restantes que habían presentado
síntomas en el vivero, 11 aparecieron nuevamente enfermas en las
siguientes evaluaciones de campo.
Probablemente la característica más sobresaliente de los datos de
crecimiento es el aparente mejor desarrollo vegetativo en el grupo
de plantas que presentó la enfermedad durante la fase de vivero y
que se mantuvieron sanas en el campo (
Cuadro 3 ). Más aun, durante las dos primeras evaluaciones de
crecimiento (190 y 371 días después del transplante), el mayor valor
de la sección transversal del peciolo (PxS) lo tenían las plantas
que habían presentado síntomas en el vivero y estaban ahora con las
primeras hojas flecha afectadas por la enfermedad. La tasa de
emisión foliar tiende a ser mayor en la categoría de plantas con
síntomas tanto en el vivero como en el campo.
Durante la evaluación de incidencia realizada aproximadamente a los
18 meses de edad en el vivero, la gran mayoría de las palmas que
formarán la categoría de enfermas en el campo ya habían mostrado
síntomas (
Fig.1
). Esto se refleja en un deterioro en algunas variables de
crecimiento de las plantas con síntomas. No se observaron, sin
embargo, diferencias en desarrollo entre plantas ahora sanas y
aquellas que presentaron síntomas o no en la fase de vivero (
Cuadro 3 ).
El área foliar fue menor en las palmas afectadas. Sin embargo, los
datos del
Cuadro 3 , deben interpretarse con precaución, puesto que por
las características mismas de la enfermedad, mucha área foliar se
pierde y no puede cuantificarse. La reducción observada en el área
foliar se debe a un menor número de foliolos por hoja, así como a la
presencia de foliolos de menor longitud y ancho. La relación entre
un aparente mejor crecimiento vegetativo y una mayor incidencia de
la PCF/AF ha sido observada en plantas en el campo (Thompson 1928,
citado por Turner 1981; Turner 1981; Monge et al . 1992). Tal
relación aparente puede deberse a que un crecimiento muy activo,
especialmente una alta tasa de elongación del peciolo y raquis,
puede conducir a una lignificación anormal de los tejidos en
crecimiento (Heusser citado por Turner 1981; Monge et al . 1992), lo
cual induce al doblamiento de los raquises y favorece el ataque de
microorganismos oportunistas, tales como Erwinia spp y Fusarium spp
Del total de palmas que aparecieron con síntomas en el campo, sólo
32% habían presentado la enfermedad en el vivero. Del total de las
plantas con síntomas en el vivero, 59% mostró de nuevo síntomas en
el campo.
La mayoría de las plantas enfermas en el campo fueron detectadas
durante el reconocimiento hecho aproximadamente a los 18 meses (
Fig. 1 ). Este comportamiento también ha sido observado en otras
situaciones (Breure y Soebagjo 1991; Monge et al . 1992; Sterling y
Alvarado 1996) y se repite en el ensayo B, por lo cual se considera
que, en la mayoría de los casos, las evaluaciones de enfermedad
hechas después de los 18 meses de edad de las plantas no aportan
nueva información sobre el comportamiento de un material comercial.
Ensayo B: crecimiento En este ensayo se
sembraron en un bloque 144 plantas que habían mostrado síntomas durante
la fase de vivero. Un bloque contiguo estuvo constituido por 53 plantas
que estuvieron sanas en el vivero. De este último grupo solamente cuatro
plantas aparecieron enfermas durante el tiempo que duraron las
observaciones de campo. En el primer grupo de plantas que presentaron la
enfermedad en el vivero, 71% aparecieron nuevamente enfermas durante las
evaluaciones de campo. Esta alta proporción indica la predisposición
genética que existe a la enfermedad. Sin embargo, el hecho de que 29% de
las plantas no mostraran síntomas nuevamente en el campo, indica que
también existe un fuerte efecto ambiental sobre el desencadenamiento de
la sintomatología. En el ensayo A, 41% de las plantas enfermas en el
vivero no fueron afectadas en el campo.
Las diferentes proporciones de plantas que aparecieron con
síntomas, tanto en el vivero como en el campo, en los ensayos A y B,
pudieron deberse en parte a la ubicación de las palmas enfermas en
cada experimento. En el ensayo B, las plantas que habían mostrado
síntomas en el vivero se sembraron formando un bloque, lo cual
teóricamente podría haber creado condiciones para un alto potencial
de inóculo de los microorganismos oportunistas que causan las
pudriciones que caracterizan a la PCF/AF.
Esto traería como consecuencia el desencadenamiento de la reacción
de susceptibilidad en algunas palmas que de otra manera tal vez no
se hubieran enfermado. En el caso del ensayo A, las plantas que
presentaban síntomas en el vivero fueron sembradas en el campo en
parcelas separadas y rodeadas por plantas sanas.
El comportamiento de los datos de crecimiento en las plantas del
ensayo B es muy similar al encontrado en el ensayo anterior (
Cuadro 4 ). Se observan también en este grupo de datos las
mismas tendencias a un mejor crecimiento inicial en el grupo de
plantas que presentaron síntomas en vivero, y que se enfermaron
posteriormente, o bien, se mantuvieron sanas en el campo.
Aproximadamente a los seis meses de edad en el campo, la mayoría de
las palmas encontradas enfermas estaban mostrando los primeros
síntomas del desorden. Durante esta evaluación, el grupo de plantas
enfermas en el vivero y el campo tenían el mayor largo del peciolo,
seguidas por las plantas con síntomas en el vivero pero sanas en el
campo. Igual tendencia se presentó para la relación PxS y la TEF. La
misma situación se mantuvo durante la siguiente evaluación, pero a
los 18 meses de edad la mayoría de las plantas en la categoría de
enfermas ya habían mostrado síntomas durante un período
considerable, por lo cual algunas variables de crecimiento (largo de
raquis y peciolo y el área foliar) ya habían sido adversamente
afectadas. Sin embargo, no se observaron diferencias en el
crecimiento entre plantas ahora sanas y las que presentaron o no
síntomas en el vivero. Las plantas testigo (sanas en el vivero y el
campo) presentan la menor relación de PxS, y la TEF es mayor en las
plantas enfermas en el vivero y con recurrencia de síntomas en el
campo.
Rendimiento Durante los primeros meses,
la producción en ambos ensayos fue ligeramente superior en el grupo de
plantas que habían presentado síntomas en el vivero, pero que aparecían
como sanas en las evaluaciones de campo (
Fig. 2 ). Esta respuesta concuerda con un mejor desarrollo
vegetativo inicial en este grupo de plantas (
Cuadro 3 y
Cuadro 4 ). El grupo de plantas con persistencia de los síntomas en
el vivero y el campo tuvo un rendimiento acumulado inferior al resto de
los grupos desde las primeras semanas de cosecha (
Cuadro 5 ). La diferencia estimada en la producción acumulada a los
38 meses después del trasplante, entre este grupo (enfermas en el vivero
y el campo) y el testigo (sanas en vivero y campo) fue de 4,47 y 4,54
toneladas de fruta fresca por hectárea en los ensayos A y B
respectivamente (
Fig. 3 ). La menor producción se asoció a un peso promedio menor del
racimo (
Fig. 4 ), que se mantuvo hasta aproximadamente los 32 meses después
del trasplante, y a una menor producción inicial de racimos por planta (
Fig. 5 ).
En el ensayo A, el grupo de palmas sanas en el vivero y que
presentaron síntomas en el campo, tuvieron una producción similar a
la de plantas sanas en el campo y enfermas en el vivero.
La caída posterior en rendimiento observada en el grupo de palmas
que se enfermaron en el vivero y aparecen como sanas en el campo (
Fig. 2 ) no se debe, muy probablemente, a un efecto retardado de
la enfermedad que se mantuvo latente desde el período de vivero,
sino más bien a una consecuencia de una producción alta muy precoz,
que agotó parcialmente las reservas de la planta.
En otros experimentos se ha notado esta tendencia a una reducción
posterior fuerte en los rendimientos en lotes jóvenes, que mostraron
una alta precocidad y una elevada producción inicial. Cuando el pico
de producción cae, como en este caso, durante los meses de baja
precipitación (diciembre-febrero), el efecto detrimental posterior
sobre el rendimiento es aun mayor, debido posiblemente a un efecto
de aborción de racimos (Richardson 1987).
La caída en producción posterior al pico de la época seca se asocia
a una baja considerable en el número de racimos producidos por
planta (
Fig. 5 ), pero no en el peso promedio del racimo (
Fig. 4 ). El peso promedio del racimo durante los últimos meses
de evaluaciones fue mayor en las plantas sanas en el campo y que
habían tenido síntomas en el vivero, en las cuales el número de
racimos por planta fue menor.
Conclusiones El desorden conocido como
Pudrición Común de la Flecha/Arqueo Foliar afecta negativamente el
crecimiento vegetativo y los rendimientos iniciales de palmas
individuales. Sin embargo, el grupo de plantas que estuvo enfermo en el
vivero pero sano en el campo presentó, en general, un crecimiento en el
campo que fue incluso superior al de plantas sanas. Aun más, el
rendimiento de los primeros meses del primer grupo de plantas fue
superior al grupo testigo (sanas). Los datos parecieran indicar que el
desarrollo vegetativo de las plantas que eventualmente presentan la
enfermedad es más rápido y exuberante que el de las plantas que
permanecen sanas.
La variable de crecimiento que puede tomarse como un indicador de
susceptibilidad hacia la PCF/AF, no está identificada aún. Tres
candidatos son la TEF (Monge et al . 1992), la relación PxS, la cual
está estrechamente ligada al vigor de la planta (Richardson 1986) y
la tasa de elongación de los peciolos, la cual no es una medición
que se tome rutinariamente.
No obstante, cualquier correlación entre estas variables de
crecimiento e incidencia debe interpretarse con cautela, pues podría
simplemente indicar que los factores del ambiente que determinan las
fluctuaciones en la incidencia del trastorno son los mismos que
afectan los cambios en cualquiera de estas variables. La idea por
probar es que palmas con un crecimiento muy activo (posiblemente
caracterizadas por alto valor de la relación PxS, de la TEF y de
elongación del peciolo), en un momento fisiológico dado, son más
propensas a desarrollar un momento fisiológico dado, son más
propensas a desarrollar los síntomas de la PCF/AF.
El crecimiento en estas plantas podría no mantener un equilibrio
con el proceso de lignificación de los tejidos del peciolo y raquis,
lo cual conlleva al desarrollo de los síntomas de arqueo y facilita
la invasión de organismos oportunistas habitantes comunes en los
tejidos externos de las hojas, tales como Erwinia spp y Fusarium
spp. Estas observaciones, así como otras obtenidas en otros
experimentos (Turner 1981; Monge et al . 1992, 1993) también aportan
evidencia, según creemos, a esta hipótesis.
Un crecimiento aéreo muy rápido puede alterar el equilibrio raíz
parte aérea, particularmente en plantas que estén creciendo en
condiciones que limiten el desarrollo radical, tales como una
aeración pobre en el suelo.
Durante los primeros 38 meses después del trasplante, las palmas
testigo sanas produjeron un estimado de aproximadamente 4.5
toneladas de fruta fresca por hectárea más, que plantas que habían
presentado síntomas en el vivero y aparecieron enfermas nuevamente
durante la fase de campo. Sin embargo, el impacto económico de la
condición PCF/AF debe ser poco significativo, ya que la incidencia
es normalmente muy baja en una plantación comercial.
La estrategia de combate más obvia para reducir el problema de la
PCF/AF es la selección de genotipos resistentes. Se ha sugerido que
es necesario desarrollar una metodología que permita detectar las
progenies susceptibles desde la etapa de vivero. Para obtener tal
método es necesario determinar y cuantificar los factores
ambientales que determinan la incidencia. Sin embargo, los
resultados de estos ensayos nos indican que se debe ser cauteloso
para no excluir innecesariamente algunas progenies valiosas que
muestren susceptibilidad a la enfermedad, pero que podrían tener un
potencial alto de producción.
Puesto que la susceptibilidad es gobernada posiblemente por unos
pocos genes (Blaak 1970; De Berchoux and Gascon 1963; Gai 1969; Soh
1969), y dado que el rendimiento es una característica poligénica,
las posibilidades de un verdadero ligamiento genético entre
susceptibilidad y rendimiento son muy bajas.
En otras palabras, aun en presencia de susceptibilidad, algunas
progenies podrían ser lo suficientemente valiosas como para
mantenerlas dentro del programa e intentar dejar atrás su
susceptibilidad mediante los cruzamientos apropiados; a la vez que
se retengan sus características de buen vigor y alto rendimiento
potencial.
Agradecimientos Se agradece a la
compañía Palma Tica y ASD de Costa Rica por el permiso para publicar
estos resultados. En especial, se agradece la colaboración de C. H.
Umaña, por su participación durante las etapas iniciales de este
trabajo.
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